jueves, 2 de agosto de 2012

Por trece razones de Jay Asher.

Hola, muchos se preguntarán ¿Qué es esto o de que se trata?
Aquí les dejo el sinopsis :)
                                                                                                                          LizzieG.



No se puede detener el presente, ni tampoco rebobinar el pasado. El único modo de llegar a conocer el secreto… es darle al PLAY.

Clay Jensen es un adolescente como cualquier otro que encuentra, al llegar un día a casa, una misteriosa caja sin remitente dirigida a su nombre. El contenido no es otro que una serie de cintas de grabación, siete en total, que parece haberle enviado Hannah, una compañera de clase que no hace ni dos semanas que se ha suicidado. A pesar del desconcierto que supone volver a oír la voz de Hannah, Clay descubrirá que son trece las razones por las cuales ha decidido quitarse la vida, trece caras de casete y que, por ello, son trece las personas que deben escucharlas. Él es una de ellas. —Es un juego muy sencillo: primero las escuchas, luego las pasas— dice Hannah en la primera cara. ¿Qué razones son esas y qué tiene que ver él con ellas? A lo largo del día, Clay se irá obsesionando con las grabaciones y hasta recorrerá la ciudad con un mapa que ella misma le ha proporcionado. Pero he aquí un viaje distinto del esperado, un viaje donde el punto de llegada es precisamente el mismo que el de partida y en el que solo hacen falta unos nuevos ojos para verlo todo como por vez primera. Hannah irá desgranando poco a poco su vida en un intento de poner de manifiesto las consecuencias, grandes o pequeñas, de las cosas que hacemos y dejamos de hacer, y que cambian el mundo a veces sin darnos cuenta.

—¿Señor? —me repite ella— ¿Cuánto le gustaría que tardase en llegar?
Froto dos dedos, con fuerza, sobre la ceja izquierda. El latido se ha vuelto intenso.
—No importa— digo.
La empleada coge el paquete. La misma caja de zapatos que estaba en mi porche hace menos de veinticuatro horas, envuelta de nuevo en una bolsa de papel marrón, sellada con cinta de embalar transparente, exactamente igual que la había recibido yo. Pero ahora está dirigida a un nombre nuevo. El siguiente en la lista de Hannah Baker.
—La docena del panadero1 —murmuré. Después me siento asqueado por tan siquiera haberme dado cuenta de eso.
—¿Perdón?
Niego con la cabeza.
—¿Cuánto es?
Deja la caja sobre una alfombrilla de goma y marca una serie de números en el teclado.
Dejo mi café de gasolinera sobre el mostrador y miro para la pantalla. Saco unos cuantos billetes de la cartera, busco unas monedas en el bolsillo y dejo el dinero sobre el mostrador.
—Creo que el café aún no le ha hecho efecto —dice ella—. Le falta un dólar.
Le tiendo el dólar que faltaba y después me froto los ojos para quitarme el sueño. El café esta tibio cuando le doy un sorbo, lo que hace que sea más difícil tragármelo. Pero necesito despertarme de alguna forma.
O quizá no. Quizá sea mejor pasar el día medio dormido. Quizá sea la única forma de ir pasando el día de hoy.

—Debería llegar a esta dirección mañana— después deja caer la caja dentro de un carrito detrás de ella. Debería haber esperado a salir del instituto. Debería haberle concedido a Jenny un último día de paz.
A pesar de que no se lo merezca.
Cuando llegue a casa mañana, o al día siguiente, se encontrará un paquete en la puerta. O si su madre, o su padre, o cualquier otra persona llega primero, quizá se lo encontrará sobre la cama. y se emocionará. Yo estaba emocionado. ¿un paquete sin remite? ¿Lo habrán olvidado, o será hecho a propósito? ¿será quizá, de un admirador secreto?
—¿Quiere el tique? —me pregunta la dependienta.
Meneo la cabeza.
Una pequeña impresora saca uno de todas formas. Miro como arranca el papel contra el plástico en forma de sierra y lo tira a una papelera.
solo hay una oficina de correos en el pueblo. Me pregunto si esta misma empleada habrá ayudado a las otras personas, de la lista, a los que recibieron este paquete antes que yo. ¿Habrán conservado el tique ir modo de enfermizo recuerdo? ¿Lo habrán guardo en el cajón de la ropa interior? ¿Lo habrán clavado en un tablón de corcho?
Casi le pido que me devuelva el tique. Casi digo:
—Lo siento, ¿podría dármelo? —de recuerdo.
Pero si quisiera tener un recuerdo, podría haber hecho copias de las cintas o guardado el mapa. Pero no quería volver a escuchar nunca más esas cintas, a pesar de que su voz no abandonará nunca mí cabeza. Y las casas, las calles y el instituto siempre estarán ahí para recordármelo.

Ahora está fuera de mi control. El paquete está de camino. Salgo de la oficina de correos sin el tique.
En algún lugar profundo bajo mi ceja izquierda, la cabeza todavía me late. Cada trago que tomo tiene un gusto amargo, y cuanto más me acerco al instituto, más cerca estoy de desplomarme.
Quiero desplomarme. Quiero caer allí mismo sobre la acera y arrastrarme hacia la hiedra. Porque justo detrás de la hiedra la acera hace una curva, siguiendo la parte exterior del aparcamiento del instituto. Pasa a través del jardín delantero y se mete dentro del edificio principal. Lleva hasta las puertas principales y se mete por un pasillo, que continua serpenteando entre hileras de taquillas y clases a ambos lados, para acabar entrando
por la puerta siempre abierta para la primera clase.
En la parte delantera del aula, de cara a los alumnos, estará la mesa del señor Porter. Él será el último en recibir un paquete sin remite. Y, en medio de la sala, a un pupitre a la izquierda del de él, estará el pupitre de Hannah Baker.
Vacío.
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1 “La docena del panadero” es una expresión anglosajona que equivale a una docena mas uno. El autor hace un juego de palabras entre el apellido de la chica y la palabra panadero (en inglés, baker). (N. de la T)


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