lunes, 21 de julio de 2014

Broken Dolls. Capítulo 4.

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Broken Dolls. Capítulo 4.


Aquella vez con el cuchillo no fue la primera vez que dañé a mi hermana.
   Crecí en un vecindario bueno, con casas bonitas y vecinos que se preocupan el uno por el otro; Mi madre obtuvo la cerca blanca cuando se casó con mi padre, así que significa que yo también la tuve. No fue hasta después, cuando crecí, que me di cuenta de las grietas en la imagen. Los jardines no eran reales y las casas no eran tan bonitas (Tenían grietas en la pintura y rasguños en las puertas) y sin embargo no estoy hablando de las cosas físicas. Estoy hablando de la burbuja en que mis padres nos dejaron crecer a mí y a Macey, una en donde tener una enfermedad mental como yo no es… correcto.
   Como si yo me hubiera levantado un día y hubiera dicho: “Eh, hay que ir a la cocina y clavarle un cuchillo a Macey. A que es divertido”. Mis padres no parecieron entender que no lo hacía a propósito, que estaba tan asustada como ellos lo estaban. Pero son buenos padres. Lo sé porque a pesar del silencio todo este tiempo, lo han hecho para proteger a su hija pequeña. Protegerla del monstruo en que me convierto en las noches cuando la oscuridad se desliza en mi mente.
  A veces se me ocurre que por las noches Macey no teme al coco, a veces creo que me teme a mí. Creo que tiene miedo que atraviese esa puerta. Y es porque la he herido muchas veces antes, pero nada tan grave como apuñalarla.
   La primera vez que pasó yo tenía trece años. Estaba parada enfrente de las escaleras, en el segundo piso, cuando vi una sombra y oí voces susurrantes que me asustaron hasta el alma. Era un extraño, un extraño que estaba corriendo hacia a mí con un arma, subiendo por las escaleras. Así que lo empujé cuando corrió hacia mí.
  Excepto que no era un extraño. No, era mi hermana.
Macey cayó hacia atrás por las escaleras, pero no salió del todo lastimada puesto que alcanzó a agarrarse de la barandilla. Terminó llorando a todo pulmón con las rodillas ensangrentadas. Logré que mantuviera esto de nuestros padres, sobornándola con helado y con convencer a papá que nos dejara tener un perrito. Le dije que la amaba, que realmente no quería hacerlo.
    Porque yo la amaba y no quería hacerlo.
No quise hacerlo después, cuando tuve una laguna y la ignoré por un rato. No quise hacerlo cuando quemé su muñeca, ni cuando corté su pelo. No quise hacerlo.
  Nunca quise hacerlo.


-Sthep Stronger.

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