martes, 17 de septiembre de 2013

Fade. Capítulo 20.

Jane Doe | via Tumblr
Fade. Capítulo 20.

    Cuando veo que ya no hay nada por hacer, cuando mis manos se llenan de sangre por estar presionando la herida, cuando veo que esto es todo, que no importó… Huyo; Me levanto, con los bordes de mi vestido manchados de sangre, con las manos temblorosas, sintiendo todas las miradas sobre mí. Y huyo.
    Escucho a personas diciendo mi nombre, llamándome, pidiéndome que espere. Pero no me detengo. Camino hacia fuera del bosque y de alguna manera, horas después, cuando la luna ha caído y mis pies me duelen, yo estoy en casa, dónde David duerme plácidamente. Entro sigilosamente, ocultándome en las sombras. Tomo la cartera de David en la mesita del vestíbulo, dónde también están sus llaves. Saco una tarjeta de crédito y un poco de efectivo. Después abro la cochera y saco las llaves de repuesto del escondite. Me llevo el auto de papá y conduzco.
Conduzco. Lo hago por un par de días. Realmente no lo tengo en claro. El tiempo deja de contar en mi mundo. Ahora todo se reduce a una mancha borrosa donde me pierdo.
Por un lapso de tiempo, conduzco, sintiéndome vacía. Sintiéndome perdida. No estoy segura cuánto fue. El siguiente lapso de tiempo, lloro. Lloro por Isabel, por todo lo que hizo. Lloro por quién es ahora y por la pérdida de alguien a quién yo una vez amé. Lloro por Serena y de alguna manera también lloro por Kate. Por mi padre que está en algún sitio del mundo destrozado, por mi madre que está encerrada, drogada y perdida. Por David, porque también ha perdido todo.
 Y por mí. Lloro por mí. Lloro porque arriesgué todo en un juego en el que no conocía las reglas y perdí. Porque acabé con el juego siniestro de Isabel de la peor manera. Porque acabé en el infierno. Lloro porque duele.
  El tercer y último lapso de tiempo es más interesante. No hay lágrimas esta vez. El tiempo regresa a mí lentamente junto con mi cordura, y finalmente puedo pensar claramente. Acerca de Isabel y todos los demás, pero más acerca de ella. Pienso en aquella niña de quince años que vio morir a su mejor amiga en las vías de tren, pienso… Pienso en la maldad. Pienso en sus ojos resplandecientes con un fuego que amenazó con quemar todo cuando me miró. Pienso en el peligro en ellos. Pienso en la manera en que nos quebró a todos nosotros con una sonrisa egoísta en su rostro. En el vacío dentro de su corazón que al mismo tiempo llenaba cada parte de su ser.
  Isabel estaba viva. Ella respiraba. Sonreía. Pero estaba tan muerta.
Ella era, después de todo, malvada. Y me pregunto por qué.
Me pregunto por qué tú eres una persona tan diferente a quien fuiste antes. Por qué cruzas ese límite, por qué rompes esa línea que te dibujaron tus padres y te advirtieron de no traspasar. Por qué le das la espalda a todo de esa manera.
 Por qué ella hizo eso.
Mi respuesta viene casi de inmediato: Aquella noche en las vías de tren. Fue aquella la noche en que ella se perdió.
Tal vez es por aquella noche que ella es quién es. Sí, lo es. Lo es. Lo sé porque de pronto entiendo el dolor que ella debió haber sentido, el dolor de ver a alguien a quién tú amaste desvaneciéndose en tus brazos. En realidad entiendo todo tipo de dolor, no sólo el de la muerte. Y creo que cuando sientes esa herida irreparable en tu pecho, ese daño, tú tienes que preguntarte; Tienes que preguntarte qué vas a hacer con él.
  Me pregunto en este momento acerca del origen del mal. Del principio: ¿Una persona nace malvada o se convierte en el camino?
  Pero tal vez esa no es la pregunta. Porque tal vez, en algunas ocasiones, ésas personas no son malas en sí. No son diabólicas. Son simplemente personas que son un desastre. Personas que están perdidas. Personas rotas que no saben cómo repararse a sí mismos. Personas que tienen asuntos mentales, que ya no podemos salvar. Que no saben cómo hacerlo bien.
 Una descarrilación de tren.
Como Kate, quién simplemente está enferma. Como Vivian, que tomó malas decisiones y por ellas terminó muerta. Como Isabel, que empujó tantos hilos para dañar a las personas que ahora están muertas.
  No es una excusa para lo que ellas hicieron, porque fue horrible. Todo fue enfermo y siniestro. Pero no eran diabólicas. Estaban enfermas, cegadas por su propio dolor. O al menos es lo que puedo decir de Kate y Vivian, porque Isabel… Isabel llegó a otro extremo.
Y tal vez ese es el origen de la maldad: El dolor. El dolor es, al final, lo que nos impulsa. Es lo que me impulsó a mí a descubrir aquellas cosas que en verdad no quería saber sobre Isabel. Dolor por no conocer lo que se supone que tenía que haber sido parte de mi vida. Dolor por su olvido. Es el dolor lo que impulsó a Isabel a hacer las cosas que hizo.
  Y la cosa sobre el dolor es que, puede cegarte. Puede crear el incendio que no se apagará. Puede arrastrarte hacia abajo y ahogarte. Es fácil sentir el odio, es fácil seguirlo, dejar que alimente al monstruo que vive debajo de tu piel, dejar que desarrolle tu lado oscuro. Es fácil elegir el odio, el egoísmo y todas aquellas cosas que mi hermana eligió.
  Pero el dolor es también un camino de doble sentido. Porque puede hundirte, pero también puede elevarte.
Porque puedes elegir.
Justo aquí, en esta solitaria carretera a la luz del amanecer, es el momento en el que sé.
  Puedo elegir el camino que eligió mi hermana, pero no lo quiero. No quiero ser una perra egoísta poco fiable y sin corazón. No quiero ser una descarrilación. Puedo elegir crecer, ser una mejor persona, sanar.  Es lo que puedo decidir. Es lo que puedo tomar.
Es lo que elijo.
  La emoción que siento al saber que no voy a ser como Isabel me hace soltar unas lágrimas de alivio y me hace mirar al mapa al lado del conductor.
  Es hora de volver a casa.


--Sthep Stronger.
Ps: Pues nada, que les debo el último capítulo porque no lo he terminado. No sé si podré terminarlo en un par de horas (Porque o sea que perdí un cuaderno y si una amiga no lo tiene, entonces voy a tener que hacerlo todo de nuevo) o si no probablemente mañana se los traeré. U otro día. Tal vez el fin de semana. :)
  No me odien.

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