sábado, 15 de febrero de 2014

Saved. Capítulo 11.

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Saved. Capítulo 11: "Ocho horas".

Mis padres no paraban de agobiarme. Llamaban casi todos los días y me preguntaban cuándo iba a regresar a casa, y yo no podía decirles “Nunca”. Así que finalmente ese día fui a casa a una visita rápida, un domingo, unos meses después de la muerte de Serena y de lo de las pastillas… Las cuales ya tenía. Eran pequeñas pastillas blancas, casi como el resto, sólo que tenían un olor especial, algo que planeé remover en cuanto tuviera la oportunidad. Ahora sólo tenía un puñado de pastillas, casi como bocetos de lo que quería que hicieran… Es sólo que no las he probado.
Strausser, el padre de Ted, se enteró de lo que hacía y sonrió, con esa llama de codicia en sus ojos, y me dijo que podría venderlas. A pesar de que no las había probado, no le importó. Me dijo que conocía a un cliente perfecto, y esa noche yo me encontraría con él. Después de escaparme de las garras de mi familia, por supuesto.
 Cuando me paré frente a la puerta sentí un dolor en mi pecho que no había sentido desde la última vez que estuve ahí. Quería salir corriendo directo a Ashford, con mis amigos, Alex y Graham.
Toqué la puerta y miré hacia las estrellas, preparándome mentalmente. Mi hermana abrió la puerta, con un moño desordenado en su cabeza, el lápiz y la pluma atravesándola, en pijamas, con un libro de texto en una mano y en la otra una taza de café.
  Casi había olvidado cómo lucía la noche antes de que fuera a tener un examen. Era un cerebrito. No lo suficientemente inteligente, no lo suficientemente lista. Ella simplemente no era suficiente, pero lo intentaba.
--¿I-Isabel?
Abrió la boca, casi hasta el piso.
--¿No extrañaste a tu hermana mayor?
Ella dejó la taza y el libro en la mesita y me asfixió en un abrazo. Dejé pasar un minuto antes de separar su esquelético cuerpo del mío.
--¿Cómo estás, renacuajo?
Antes que me pudiera contestar, mi madre salió y me abrazó, llamando a mi padre a gritos, quién me cargó y me dio un par de vueltas antes de ponerme de nuevo en el suelo y darme un beso en la frente.
 Ellos hablaron la mayoría del tiempo por mí (De cómo ahora estoy rubia) , nos sentamos en la mesa y me llenaron el plato de la cena. Excepto por mi hermana, que aunque estaba feliz de verme, tenía dos exámenes al día siguiente y se quedó estudiando en el sofá. Después de la primera hora realmente se puso a estudiar.
--Isabel, ¿Recuerdas lo que te dije la última vez que te llamé?Preguntó mamá.
--¿Qué cosa?
--Hay una junta hoy, con la doctora Sullivan y las demás personas del grupo.
--¿Qué? No. Terminé Terapia de Grupo hace tiempo.
--Ya lo sé, cariño. Es sólo una reunión para ver sus progresos. Como una reunión de exalumnos.
Cuando vi los rostros de mis padres, supe que no iban a dejar ir esto tan fácilmente. Además, supuse que los haría felices.
Debía darles al menos eso.
--Bien.
Una hora después, Cassidy se había quedado dormida en la sala y yo salía por la puerta.



                                                                           




Todos estaban ahí. Quiero decir, todos. Cada persona a quién había tenido que escuchar y que me deprimían hasta morir.
Estábamos sentados en las sillas en círculo, como usual, con una rebanada de pastel y sodas y café. Es sólo que ahora ellos estaban sonriendo, como si Sullivan en verdad les hubiera ayudado en un punto.
Mentirosos.
Sullivan empezó hablar de la aceptación, con lo que mencionó  al chico gay y éste empezó a hablar sobre su nueva y mejorada vida. Sobre las adicciones, y esta chica cuyo nombre no recuerdo y no me interesa en recordar hizo lo mismo. La vida de todo el mundo parecía ir genial. Entonces mencionó cierto tema, y me mencionó a mí y a cierta persona:
--El perdónDijo Sullivan--¿Lena? ¿Cómo te ha ido?
La chica, cuyo único nombre recordaba (Lena Bailey. Dame puntos extras), sonrío un poco. Su cabello era más largo, pero no creo que fuese esa la razón por la que se veía diferente. Se veía… feliz.
--Hay días difíciles. Hay días que he perdonado a mi padre por todo lo que hizo, pero… Pero…--Hace una pausaHay días que son muy duros. Días en que no siento que pueda perdonarlo. Dios, el hombre está muerto, pero aun así todo es tan complicado con élHace otra pausa, un poco más largaPero sigo intentándolo. Sigo creyendo que algún día pueda perdonarlo.
Sullivan sonrió a Lena, casi como una mamá orgullosa.
--¿Y cómo van las cosas con Lucas?Le preguntó una chica que no recordaba su problema y no recordaba su nombre. Sólo recordaba sus mechas rosas y sus botas tachonadas.
Ella también se veía más feliz.
Me enfermaba.
--YendoContestaSeguimos tomándolo paso a paso. Pero estamos juntos.
Ay, ¡Aburrido!
Casi me dormía en mi silla, cuando Sullivan dijo mi nombre.
--¿Isabel?
--¿Ajá?
--¿Qué nos dices sobre ti? ¿Cómo te ha ido?
Fruncí el ceño.
--¿Por qué me preguntan a mí? Yo no tengo problemas con el perdón.
--Lo tienes.
--Claro que no.
--Lo hacesLena intervino, como la patada en el trasero que sabía que eraNo puedes perdonarte a ti misma por lo que pasó esa noche en la estación de tren.
 Tuve que decirlo, tiempo  atrás, cuando aún estaba en las sesiones. Lena seguía picándome para que lo soltara y pronto los demás también empezaron a hacerlo, diciendo que no era justo que ellos se abrieran y yo no.
Pequeña zorra.
--Mira, yo no tengo ningún problema con el perdón. No fue mi culpa.
--Tu madre me contó que no podías dormirDijo Sullivan--¿Por qué era, sino?
Me sacudí violentamente, preparada para levantarme y marcharme de este chiste.
--Tranquilízate, Isabel. No intentamos atacarte. Sólo queremos ayudarte.
Mi estupidez espontánea me hizo quedarme sentada en la silla gris de plástico plegable.
--Una última vez: No siento culpa. No hay nada que perdonar.
Lena levantó una ceja, insistiendo, con su mirada taladrando en mí.
Exploté.
--¡Bien! ¿Me oyen? ¡Es cierto! ¡Estaba tan borracha que no pude levantarme! ¡No pude salvarla! ¿Pero qué importa, de cualquier manera? El perdón no va a traerla de vuelta. ¡No va a cambiar nada!
--Te equivocas, IsabelDijo SullivanTal vez el perdón no puede salvarla a ella, pero puede salvarte a ti.
  Deseé que se callara. Deseé que dejara de decir esas cursilerías y de diera cuenta de la verdad. Quería que me dejase ser miserable.
--Nadie puede salvarme. El perdón no puede salvarmeEscupí las palabras con rabia.
--Puede hacerloIntervino Lena, como todo el jodido tiempoMe salvó a mí. Me salvó, Isabel. Deja que te salve. Permítetelo.
Me levanté de mi silla tan rápido que la mandé a volar.
--No puedo ser salvada.
Después salí por la puerta hecha una furia.




                                                                       
 



Cuando llegué a casa eran las nueve y mi hermana ya estaba dormida; No había rastro de ella en la planta baja. Mis padres me dieron el beso de buenas noches y subieron por las escaleras bostezando. Yo no me fui a dormir, sin embargo.
Escuchaba la voz de Lena Bailey en mi cabeza.
“Me salvó”.
Y escuchaba la mía, también.
“No puedo ser salvada”.
Me senté en la cocina de la mesa hasta que las voces se desvanecieron. Cuando volteé a ver el reloj, eran las doce y media. Mi celular sonó  en un mensaje en mi bolsillo de mis pantalones de mezclilla ajustados mientras yo me servía un vaso de agua.
Era Strausser.
“¿Tu familia está dormida ya? Es tiempo”
Puse el vaso en la mesa, haciendo un poco de ruido. No importaba, porque todos estaban dormidos.
Tomé mi saco, dónde había una simple y pequeña bolsa de plástico con una pastilla. Pensé que tendrían que ser más, al principio, pero Stausser me convenció de que vendiera de una a una. Tenía otra bolsa repleta en mi otro bolsillo, a pesar de lo que me había dicho. Él sólo quería el dinero que mi cabeza puede ofrecerle. Y yo lo dejé hacerlo porque yo sólo quiero alguien como prueba para ver si funciona.
 Si lo hace, entonces solamente tendré que trabajar más para ir más atrás en el tiempo. Hasta mi memoria borre todo hasta esa noche.
 Abrí la puerta del auto pensando en la chica Bailey y en Sullivan y otras personas que odio y cuando iba a subirme, fruncí el ceño al darme cuenta que había dejado la puerta de la entrada abierta. Suspiré y caminé hacia ahí, sin cerrar la puerta del auto, poniendo el seguro y cerrando la puerta de la entrada. Juré que la había cerrado cuando salí.
 Genial, ahora simplemente estaba volviéndome loca.
Perfecto.
Tenía que largarme rápido a ese lugar antes de que mis padres se despertaran. Pensar en ellos me trajo una oleada de algo.
Mientras ponía la llave en el contacto, me dije que no estaba bien. Que esto no era lo que mis padres habían querido para mí.
  Pero yo ya estaba aquí.
Y, si pudiera cambiarlo… No lo haría. ¿Cuál es el punto? ¿Sonreír como si estuviera bien, ir a la escuela, tener amigos? No importa. Cuando ella se fue, no hubo otro camino para mí. Todo murió con Cam, aquella primera noche.
No hay tal cosa como la salvación.



                                                                        





Strausser me dijo que era una chica. Me lo dijo el día que me había dado la dirección de un viejo bar-disco que se veía horrible. Me dijo que era una chica universitaria que estaría sentada en una de las sillas de la barra. Dijo que mostraría un tatuaje y que yo podía reconocerla así.
  No me llevó mucho, puesto que lo tenía en su hombro desnudo gracias a su vestido sin tirantes (Una cruz de unos cinco centímetros). Me senté a su lado y crucé las piernas, trayendo mi aspecto frío y calculador.
Cuando volteé las cosas cambiaron.
--¿Vivian?
Ella volteó, confirmando mis sospechas.
¿Una universitaria? ¿Y cuándo demonios se había hecho ese tatuaje?
--¿Qué demonios, Vivian?
Me miró con la boca abierta.
--¿Is?
--¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí.
Frunció el ceño.
--Estoy esperando a alguien.
--Sí, a mí, al parecer.
Levantó las cejas.
--¿Qué? ¿Tú eres la genio de las pastillas de la que Strausser me habló?
--Ni siquiera quiero saber cómo lo conoces. ¿Por qué haces esto?
--Quiero olvidar.
Nos quedamos en silencio.
--Yo también.
Otro silencio.
--Te ofrezco un trato: Te doy la pastilla a cambio de que salgas de aquí y que no vuelvas a ver a Strausser nunca más. ¿Entendido?
--No eres mi mamá.
--Bien, entonces no hay pastillas.
Ella frunce el ceño de nuevo, pero al final cede. La llevo escaleras arriba a una oficina vacía en dónde Strausser me dijo que podía entregárselas. Se supone que si lo hago en público alguien llamaría a la policía por drogar a menores y tal.
--Tienes que jurarloLe dije, sacando la pequeña bolsita de mi bolsillo derecho.
--BienDijo ella, repiqueteando los tacones en el suelo con nerviosismo. Me entregó el dinero y yo le entregé la bolsita.
Se veía tan feliz que me enfermó.
Entonces ella miró por la ventana cuando se dio vuelta para marcharse, y se detuvo en seco.
--¿Trajiste a Cassidy?
--¿De qué carajos hablas?
Ella señaló entre la multitud por la ventana. Al principio sólo pude ver a borrachos jóvenes bailando, pero entonces la vi, en su pijama y el pelo rubio revuelto sobre su cara. Veía a todos lados, claramente asustada.
 Pequeña estúpida.
Juro por lo bajo y corrí para atraparla y sacarla de ahí.
¿Qué estaba haciendo ahí?
Vivian bajó las escaleras conmigo, tambaleándose un poco en sus tacones altos. Yo ya no veía a Cassidy entre la multitud ahora que estaba en la misma planta.
--Yo iré por ese ladoDijo Vivian, y desapareció antes de decirle que no quería su ayuda.
Empujé a personas mayores y ebrias, buscando a mi hermana, pero no la encontré. Y aunque estaba enojada hasta el demonio, me preocupaba por ella, porque era tan pequeña e increíblemente torpe que podría morir aplastada entre estos cuerpos.
De alguna manera, yo era responsable de esa pequeña tonta.
Vi a Vivian entonces, en una esquina, sosteniendo a una paranoica Cassidy. Me acerqué dando zancadas.
--Maldita sea, Cassidy. ¿Qué haces aquí?
Sus ojos asustados viajaron de Vivian a mí.
--Yo… Estaba dormida en el sillón. Tú estabas dándome la espalda, así que no me viste. Cuando desperté, tú estabas saliendo, así que te seguí. Estabas distraída y me colé en el auto, ya que habías dejado la puerta abierta.
  Con mi coeficiente intelectual, ¿Cómo demonios no me di cuenta de eso, mierda?
--Isabel, ¿Qué está pasando aquí?Preguntó asustada, algo que sonaba como un ruego.
--Ven conmigo, te llevaré a casa.
--¡Dime que pasa primero! ¿Por qué viniste a este lugar?
Abrí la boca para mentir cuando un chico que lucía tan mayor como un universitario se acercó y me tomó del brazo.
--Oye, yo también quiero esas pastillitas mágicas.
Su aliento olía a alcohol y lo reconocí como el chico que Strausser mandó a asegurarse de que se hiciera el intercambio. Ni si quiera recordaba que él iba a estar aquí.
Mierda, mierda, mierda.
--¿Qué pastillas?Preguntó Cassidy, zafándose del agarre de Vivian.
--No es…
--¡Quiero mis pastillas, niña!Gritó el tío, quién está totalmente borracho y olvidó qué se supone que tenía que hacer aquí.
Y por supuesto que él quería las pastillas. Todos tenían problemas. Todos querían olvidar. Fue más o menos cuando entendí por qué Strausser insistía mucho en mi trabajo. Se ganaría mucho.
El chico seguía gritándome en mi cara y le di un puñetazo.
--¡No voy a venderte nada, perdedor! ¡Ahora esfúmate!
Cassidy se volvió loca y Vivian volvió a sostenerla.
--Cálmate, Cassidy. No es lo que creesLe dijo.
--¿Qué no es lo que creo? ¡Le acaba de dar un puñetazo! ¡Y dijo algo de vender pasillas! ¡Oh, Por la Santísima Trinidad! ¡Está vendiendo drogas! ¿Es eso?
   A veces me parecía curioso cómo yo obtuve todo el cerebro y ella apenas podía sumar dos más dos. ¡Pues claro que estaba vendiendo drogas, estúpida! ¡Hello! ¡Estamos en una vieja discoteca en el medio de la noche y un tipo intoxicado se apareció a pedirme pastillas! ¡Es como, predecible! Y esa estúpida frase que suele decir. Si escucho eso de la santa trinidad de nuevo voy a ahorcarla.
La tomé del brazo y la arrastré conmigo, fuera del polvoriento local, mientras pensaba cómo reparar el daño.
Ni una palabra podía salir de su boca acerca de esta noche. Pero ella era Cassidy: Pequeña, obediente, santa, irrevocablemente influenciable y estúpida.
Escuché los tacones plateados de Vivian repiqueteando contra el asfalto detrás de mí cuando salimos.
--¿Qué vas a hacer?Me preguntó.
--Buena pregunta.
Cassidy chillaba, intentando soltarse de mi agarre. Empezó a decirme muchas cosas, acerca de que se lo contaría a mamá, y que estaba en problemas y que necesitaba ayuda, en fin. Muchas de esas chorradas. Las cuales me enfurecieron.
No fue mi intención. De acuerdo, tal vez sí, un poquito, pero cuando llegué al carro de mis padres la empujé contra la puerta y se dio un buen golpe en la cabeza. Cayó sobre el sucio asfalto, inconsciente.
--¡La mataste!Chilló Vivian--¡Mataste a Cassidy!
--¿Quieres callarte, carajo? No la maté. Sólo estará un poco inconsciente, me dará tiempo para pensar qué hacer.
--¿Por qué demonios no le diste la pastilla para que olvidara todo? ¡No tenías que dejarle un chichón en la cabeza!
Cómo si yo no hubiera ya pensado en esa oportunidad antes. La cosa es que nunca la había probado antes. Vamos a decir que Vivian era mi rata de laboratorio.
Pero no tenía realmente una manera de arreglar esto sin matarla. Así que fingí que no había pensado en esa posibilidad antes y moví a Cassidy para que se despertara.
En eso escuché una voz detrás de nosotras.
--¿Pero qué carajos pasa aquí?
Era la voz de Ted.
Volteé a ver y efectivamente era él, ahí parado, con los brazos cruzados en una expresión de enojo, con los puños cerrados sobre su chaqueta de cuero negro.
--Tuvimos problemas. ¿Qué haces tú aquí?
--Llamé a Davis para ver si se había hecho el intercambio, pero no contestaba. Así que vine. ¿Y quién es esta?
--VivianContestó ella.
--Es bueno conocer a una belleza como tú, amor, pero no deberías de estar aquí. Vuelve a casa con tus padres y haz tarea o algo así.
Saqué la lengua con disgusto por lo que dijo al principio.
--Vivian es la clienta, idiota.
Él la miró de nuevo con nuevos ojos.
--¿Tú? ¿No se supone que era una universitaria?
Vivian se encogió de hombros.
--Tengo un don de manipulación.
--¿Y conseguiste las pastillas, amor?
Ella asintió.
--Bien, no sé por qué Davis no contesta el teléfono…
--Está borrachoContesté, sacudiendo a Cassidy por los hombros.
--Ya sabía yo que no debían contratar a un alcohólico para este trabajo… ¿Y quién es esa?
--NadieDijeNo es nadie. Pero tenemos que llevarla a casa.
Él frunce el ceño.
--¿Por qué?
--Porque yo lo digo.
Simple y sencillamente no quería que supiera que ella era mi hermana pequeña.
--Wow. Okey. No sueles ponerte fiera muy a menudo. Debería seguir haciéndote enojar, es caliente.
Quería vomitar por su comentario, pero no quería vomitar encima de mi hermana.
--Vamos, perdedor. Ayúdame a meterla en el auto.
--¿Qué hago yo?Preguntó Vivian.
--Vete a casa.
Ella frunció el ceño.
--Te ayudaré con Cassidy.
--No necesito…
Antes de decir nada más, ella ya estaba en el auto, en el asiento de enfrente, mientras Ted levantaba el minúsculo cuerpo de Cassidy y la ponía en el auto trasero. Con un suspiro, me acomodé junto con Cassidy, poniendo su cabeza sobre mi regazo.
Suspiré con cansancio.
Espero que la pastilla funcione.
Dejé a Ted manejar el auto porque quería estar con Cassidy, ya que me sentía un poco culpable por haber estrellado su cabeza contra el auto. Conducimos en silencio por unos minutos, y entonces intenté hacer algo para reparar lo que había hecho a mi hermana: Canté una canción que yo había escrito tiempo atrás, cuando yo aún servía para hacer esas cosas. Una canción que yo sabía que a ella le gustaba, así que empecé a cantar bajito por su parte favorita:

Then you pick your guitar
and write some rimes down
and you gotta be strong enough to sing your heart out
and cry a little
break down a little


Sus ojos
revolotearon hacia mí, abiertos, y yo me detuve, sin respiración.
--¿Cassie?
Abrió la boca para responder y entonces saqué la pastilla de mi bolsillo y la metí dentro de su boca. Puse mi mano encima, obligándola a tragar.
Casi me dolió el dolor en su mirada al verme. La traición.
Casi.
Esto fue su culpa, por arruinar todos mis planes, por ser de la manera en que era, porque no podía mantener ese secreto de mis padres. Estaba haciendo lo que hacía porque ella me había obligado a hacerlo.
Gritó y chilló un poco, pero finalmente tragó la pastilla.
--Dios. ¿Qué pasa allá atrás?Preguntó Ted, mirando por el espejo retrovisor.
--Tú maneja.
Vivian me clavó los ojos, pero no dijo nada. Cuando llegamos a casa, Ted toma a Cassidy en sus brazos y espera mientras yo abro la puerta.
--¿Es tu casa?Preguntó.
--No vivo aquíRespondí. Lo cual no era una mentira.
Vivian nos acompaña y mira como Ted pone a Cassidy en el sillón. Él sale, dándonos espacio, pero nosotras dos nos quedamos ahí.
Espero que la pastilla funcione.
--¿Ella no tendría que estar en su habitación?Preguntó--¿Tus padres no sospecharán si la encuentran en el sillón? ¿Es seguro?
--RespondoElla suele quedarse dormida todo el tiempo en el sillón. Si todo sale bien, ninguno de los tres va a sospechar nada de esta noche. Y tú. Tú tienes que mantener tu boca cerrada acerca de esta noche, ¿De acuerdo? Vivian, no me obligues a seguirte y hacer algo malo.
Frunce el ceño.
--No voy a decir nada. Así que cálmate. ¿Pero qué pasa si ella recuerda?
--¿Por qué piensas que lo hará? ¿No recuerdas que soy una genio?
--Quiero decir, ¿Qué pasa si ella recuerda un poco de esta noche? ¿El efecto no borra las últimas ocho horas o algo así? ¿Y si se despierta antes y no han pasado las ocho horas? Necesitamos que duerma todo lo posible para que se desvanezca, como si hubiera sido un sueño del cual no tiene idea. ¿Qué si despierta antes?
Hice una pausa.
--Me ocuparé de ello.
Miro hacia mi hermana y paso mis nudillos por su frente, acariciándola.
Si ella recuerda, tendré que matarla. Sería doloroso, pero no puedo dejar que ella arruine todos mis planes, que arruine todo lo que he conseguido ahora.
Yo tendría que deshacerme de ella.
Pobre de mis padres.
Ted gritó que nos apuremos desde afuera y yo le lancé una mirada para que se callara antes de que despiertara a mis padres. Salimos de ahí y llevé a cada uno a casa. Yo me quedé estacionada frente a la casa un par de horas, hasta que el sol salió. Sólo me fui cuando supe que alguien iba a despertarse pronto, pero me escondí entre los arboles de la casa de enfrente y me puse la capucha de mi saco para que nadie pudiera reconocerme.
 Tonteé un rato con mi celular, oculta en la oscuridad, hasta que las ocho horas pasaron y vi que Cassidy no había apartado las cortinas de las ventanas, como siempre lo hace cuando de levanta. Me quedé una hora más, de cualquier manera, pero ella aún no daba señales de vida. Nada de su rutina de las mañanas: Ni abrir la cortina, ni salir por el periódico ni el correo.
 Así que me fui.



--Sthep Stronger.

Se me olvidó que ya tenía varios escritos.

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